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La pre-adolescencia 1: el segundo destete.

Actualizado: 14 may 2019

Quienes tenemos hijos/as en su primera infancia, seguramente hemos escuchado de “la revolución de los dos años” o “la etapa del no” y probablemente, a más de alguno nos ha pasado que cuando estamos disfrutando de la relación con nuestro/a hijo/a de 1 año, alguien nos asusta con un “te quiero ver cuando cumpla dos”. Asimismo, a más de alguno nos puede haber pasado que cuando estamos disfrutando de una fluida relación con nuestro/a hijo/a de 8 o 9 años, alguien nos asuste con un “te quiero ver cuando llegue la pre-adolescencia”.





Más allá de lo poco afortunadas que pueden resultar estas advertencias, ambas dejan entrever la gran cantidad de aspectos en común que hay entre la etapa de entre los dos y los cuatro años de vida y la pre-adolescencia. Y tanto es así que hay quienes han llamado a la etapa que comienza aproximadamente entre los 9 y los 11 años en las niñas y entre los 11 y los 13 años en los niños, “el segundo destete”. Reconocer las similitudes entre ambas etapas, sobre todo en cuanto a las necesidades de apego de nuestros hijos, tiene una gran relevancia, ya que nos recuerda que en la pre-adolescencia se abre una gran ventana para reparar dificultades vinculares que puede haber habido en la relación con nuestros hijos en su primera infancia.


Si bien hay enormes diferencias en cuanto a la madurez, las energías de ambos momentos están puestas principalmente en tareas de individuación, de afirmar la identidad, de independencia y autonomía. Así, tal como a sus 2 años nuestro/a hijo/a quería hacer valer su voluntad constantemente, apareciendo dentro de su lenguaje el “NO”, en su pre-adolescencia están a la orden del día frases como “no me gusta esa ropa”, “no me gusta hacer esto, tampoco esto otro”, “no quiero ir con ustedes”, etc.


Ambos, con este oposicionismo buscan diferenciarse del otro y afirmarse a sí mismo y, como papás de pre-adolescentes, viviremos mejor esta etapa, recordando las palabras de la psicóloga Paulina Peluchonneau (2015) en su libro “Adiós a la infancia” (p.87): “el rechazo es normal en cualquier proceso de autonomía e independencia psicológica”, por lo que plantea como algo fundamental que nos instalemos “en un espacio de mayor seguridad personal y no afectarnos tanto por las actitudes de nuestro hijo. Desde un lugar más tranquilo y seguro se puede cumplir mejor la función de sostener su agresividad evitando que se dañe la relación”.


El niño de dos y el pre-adolescente, han desarrollado habilidades que les permiten y los impulsan a explorar el mundo. Tal como el pequeño, que por primera vez se percibe capaz de alejarse físicamente de la mamá por voluntad propia, el pre-adolescente se siente más preparado y surge el deseo de buscar espacios de independencia y mayor libertad.


Sin embargo, para ambos este proceso no es fácil, ya que alejarse de sus padres o figuras de apego les produce inseguridad, miedo y ansiedad y por lo mismo, el pequeño y el pre-adolescente alternan períodos en que necesitan distanciarse y explorar, con otros de gran necesidad de intimidad y contacto corporal.

Así, nuestro/a hijo/a pequeño/a nos sigue como si fuera nuestra sombra y de repente sale corriendo y se aleja y, de la misma manera, hay momentos en que nuestro/a pre-adolescente busca sentirse independiente para luego, pasar a otros en que se vuelve incluso más dependiente de nosotros que antes y pide que le hagamos cariño como cuando era niño. Es como que después de explorar el mundo, necesitaran renovar sus energías, volviendo a sentir la seguridad, amor y contención de sus papás.



Pero así como nuestros hijos experimentan grandes cambios en ambos “destetes”, nosotros como papás también los experimentamos. Así como las madres de pequeños de dos años, comienzan a sentir el final del puerperio, dejando atrás una etapa de gran fusión madre-hijo/a, para los padres de pre-adolescentes, ver que nuestro/a hijo/a deja de ser niño/a nos enfrenta con pérdidas que podemos asumir con mayor o menor dificultad


El primer y el segundo destete pueden ser momentos complicados de la crianza, pero ambos son una señal de que nuestro/a hijo/a está creciendo sano emocionalmente y que está pasando por una etapa completamente normal de separación-individuación, la cual es importantísima para su desarrollo y que requiere que lo acompañemos con paciencia, confianza, amor incondicional y cuidando de construir y mantener una buena conexión emocional con él/ella (lee el artículo "Crisis adolescente: la conexión emocional es clave).


Paulina Peluchonneau. (2015). Adios a la infancia, la travesía por la preadolescencia . Santiago de Chile: Ediciones B


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